He leído durante años a especialistas como Amanda Céspedes y Neva Milicic, intentando comprender algo que probablemente todos los padres nos preguntamos alguna vez: ¿cómo educamos bien a nuestros hijos?

La pregunta parece sencilla, pero cada vez me convenzo más de que hemos confundido educación con rendimiento. Nos preocupa que un niño aprenda pronto a leer, que tenga buenas notas, que después obtenga un buen puntaje y pueda ingresar a la universidad. Pero quizás estamos dejando en segundo plano una pregunta mucho más importante: ¿para qué va realmente un niño al colegio?

Durante los primeros años, probablemente no debería ir principalmente a obtener conocimientos ni mucho menos calificaciones. Va a aprender algo anterior y más elemental: a vivir con otros.

Aprender a escuchar, esperar su turno, compartir, respetar una regla común, hacerse cargo de sus cosas, ayudar a otro, aceptar una frustración, perder y volver a intentarlo. Descubrir, en definitiva, que el mundo no gira exclusivamente alrededor suyo.

Hay experiencias educativas de otros países que resultan interesantes precisamente por esto. En Japón, por ejemplo, los niños participan en tareas relacionadas con el cuidado de sus espacios y la vida cotidiana de la escuela. Más allá de las diferencias culturales y sin necesidad de idealizar ningún sistema, hay detrás una idea que me parece profundamente educativa: la responsabilidad y el respeto por los demás no se enseñan solamente en un libro; se practican.

En Finlandia y otros países nórdicos encontramos otro aspecto digno de observar: durante la infancia existe un espacio importante para el juego, los recreos, la naturaleza y una incorporación menos ansiosa de determinadas exigencias académicas.

Quizás nosotros hemos hecho exactamente lo contrario. Queremos adelantarlo todo.

Y esto ocurre en una época en que los niños están además sometidos a una cantidad extraordinaria de estímulos. Pantallas, videos brevísimos, luces, sonidos, personajes que aparecen y desaparecen, historias que a veces ni siquiera necesitan tener principio, desarrollo y final. No creo que corresponda demonizar una caricatura determinada ni sostener sin evidencia que un dibujo animado "daña el cerebro". Pero sí deberíamos preguntarnos qué estamos desplazando cuando una pantalla ocupa horas de la infancia.

Porque un cuento leído por un padre, una madre, un abuelo o un profesor hace algo completamente distinto.

"Había una vez..."

Esas tres palabras abren un mundo. Hay personajes, ocurre algo, existe un conflicto y finalmente llegamos a algún lugar. El niño imagina aquello que no está viendo. Pregunta. Anticipa. Siente miedo, alegría, pena o curiosidad. Y además hay alguien junto a él con quien conversar sobre lo leído.

También observo con preocupación una tendencia distinta: la pretensión de proteger a niños y adolescentes eliminando de sus lecturas aquello que pueda resultar triste, oscuro o perturbador. La muerte, la pérdida, el abandono, el miedo.

Me parece un error.

La literatura infantil de todos los tiempos ha hablado precisamente de esas cosas. Los cuentos tradicionales están llenos de bosques, pérdidas, peligros, separaciones y muerte. No porque nuestros antepasados quisieran traumatizar a los niños, sino porque los cuentos permiten conocer simbólicamente aquello que algún día encontraremos en la vida real.

Naturalmente existen edades y formas apropiadas de abordar cada tema. Acompañar es indispensable. Pero proteger a un adolescente de toda conversación sobre la muerte no hará desaparecer la muerte. Una buena novela, una película, un poema o una conversación pueden ofrecer precisamente un lugar seguro para comenzar a comprenderla.

Por eso creo que las artes deberían recuperar un lugar central en la educación.

Un niño debería conocer a Beethoven, pero también sentarse alguna vez simplemente a escucharlo. Debería saber quién fue Van Gogh, pero también ensuciarse las manos intentando pintar. Leer a Gabriela Mistral, pero además atreverse a escribir un poema aunque sea imperfecto. Conocer el teatro, la fotografía, el cine, la música y los museos.

Y también jugar.

Juego libre, por supuesto, pero también juegos que obliguen a pensar y convivir. El ajedrez, por ejemplo, contiene silenciosamente varias lecciones educativas extraordinarias: esperar, respetar reglas iguales para ambos, imaginar qué intenta hacer otra persona, decidir, equivocarse, asumir las consecuencias y comprender, después de perder, que siempre podemos volver a colocar las piezas y empezar otra vez.

A medida que llega la adolescencia, la educación debería comenzar progresivamente a dejar de fabricar buenos alumnos para empezar a formar adultos.

Un joven debería salir del colegio sabiendo matemáticas, ciencias, historia y lenguaje. Por supuesto. La educación humanista no significa renunciar a la exigencia intelectual.

Pero también debería saber argumentar sin agredir, distinguir un hecho de una opinión, reconocer una manipulación, administrar algo de dinero, cocinar algunas cosas, comprender las obligaciones básicas de un contrato, cuidar su cuerpo, relacionarse respetuosamente con otros y enfrentarse alguna vez a las grandes preguntas que han acompañado siempre al ser humano.

  • ¿Qué es la justicia?
  • ¿Qué significa amar?
  • ¿Qué les debemos a los demás?
  • ¿Qué hacemos frente al sufrimiento?
  • ¿Qué significa vivir bien?
  • ¿Y qué hacemos con el hecho inevitable de que algún día vamos a morir?

Tal vez ahí aparece uno de los grandes problemas de nuestra educación. Hemos llenado los colegios de respuestas y hemos dejado demasiado poco espacio para las preguntas.

Chile ha construido durante décadas una cultura escolar fuertemente asociada a las notas, las evaluaciones, el promedio, las pruebas estandarizadas y finalmente el ingreso a la educación superior. Todo eso tiene una función. Evaluar es necesario y aprender conocimientos también.

El problema comienza cuando el instrumento reemplaza al propósito.

Cuando un niño estudia para la prueba, obtiene la nota y después olvida aquello que memorizó, deberíamos preguntarnos qué quedó realmente de la educación.

Quizás deberíamos volver entonces a una idea mucho más sencilla.

Durante la infancia, educar es ayudar a descubrir el mundo.

Después, enseñar a comprenderlo.

Más adelante, enseñar a discutirlo.

Y finalmente, entregar a nuestros hijos las herramientas necesarias para que puedan caminar por él sin nosotros.

Por eso, cuando volvamos a preguntarle a un niño "¿qué nota te sacaste?", quizás podríamos agregar otras preguntas.

  • ¿Qué aprendiste hoy?
  • ¿Ayudaste a alguien?
  • ¿Algo te sorprendió?
  • ¿Hubo algo que no entendiste?
  • ¿Qué hiciste cuando te equivocaste?
  • ¿Qué pregunta se te ocurrió?

Porque quizás la respuesta a para qué vamos al colegio nunca estuvo solamente en los libros.

Vamos al colegio para aprender a pensar, convivir, crear y hacernos progresivamente responsables de nuestra propia vida.

Las notas deberían ayudarnos a saber cómo marcha una pequeña parte de ese aprendizaje.

Nunca deberían convertirse en la razón por la cual aprendemos.