Cada vez que nos conmueve un acto de violencia, de irrespeto o de indiferencia hacia el otro, solemos preguntarnos cómo endurecer las penas. Pero quizá la pregunta más importante sea otra: ¿cómo estamos educando?

Hace más de dos mil años, Confucio sostenía que una sociedad no se construye únicamente con leyes, sino con personas que aprendan desde la infancia el respeto, la benevolencia y la consideración por los demás. El orden social, decía, comienza en el carácter de cada individuo.

Desde el otro extremo del mundo, Aristóteles llegó a una conclusión sorprendentemente similar. La virtud no nace con nosotros: se adquiere por el hábito. Nos volvemos justos practicando la justicia, generosos ejerciendo la generosidad y respetuosos viviendo el respeto. La educación no consiste solo en transmitir conocimientos, sino en formar hábitos que terminan moldeando el carácter.

Tal vez allí exista una enseñanza vigente para Chile. Si aspiramos a una sociedad con mayor empatía, menos violencia y más civilidad, esos valores no pueden dejarse al azar ni enseñarse únicamente cuando ya aparecen los conflictos. Deben cultivarse desde los primeros años de vida, cuando la personalidad comienza a tomar forma.

Porque una sociedad que enseña matemáticas y lenguaje, pero olvida enseñar a convivir, corre el riesgo de formar personas muy instruidas, pero incapaces de reconocer en el otro la misma dignidad que reclaman para sí mismas. La convivencia democrática comienza mucho antes de las leyes: empieza en el aula, en el hogar y en cada gesto cotidiano que un niño aprende a repetir hasta convertirlo en parte de quien es.