En tiempos donde todo compite por atención, lo extraño se ha vuelto una estrategia. No necesariamente una expresión artística profunda, sino una forma eficaz de destacar. Más máscaras, más misterio, más discurso. Pero menos música.
Bandas como Angine de Poitrine parecen encajar en esa lógica. Se presentan como propuestas disruptivas, incluso con una postura "anti inteligencia artificial", lo que en apariencia suena auténtico. Sin embargo, también puede leerse de otra manera: como una etiqueta más dentro de un mercado que hoy vende identidad antes que contenido.
Porque conviene hacerse una pregunta sencilla: ¿qué queda cuando se apaga el relato?
Si quitamos el misterio, la estética excéntrica y la narrativa de fenómeno, ¿la música se sostiene por sí sola?
No se trata de rechazar lo experimental. El arte siempre ha necesitado romper formas. Pero romper por romper no es crear. Lo distinto no es necesariamente valioso, y lo complejo no siempre es profundo. A veces, simplemente, es ruido bien presentado.
Tampoco basta con incomodar. Existe una idea bastante instalada de que si algo no gusta es porque "no se entiende", o porque justamente su valor está en generar rechazo. Pero el arte no se justifica solo por ser áspero. Tiene que decir algo, provocar algo, dejar una huella. De lo contrario, es solo una provocación vacía.
En ese sentido, declararse "anti IA" tampoco garantiza autenticidad. Hoy, incluso la rebeldía puede ser una forma de marketing. Y lo que se presenta como resistencia puede terminar siendo, paradójicamente, parte del mismo sistema que dice cuestionar.
Quizás el problema no es que estas propuestas existan. El problema es cuando se confunde novedad con valor. Cuando el envoltorio pesa más que la obra.
Al final, el arte sigue siendo algo bastante simple —aunque no fácil— o te mueve, o no. Y si no lo hace, por más discurso que lo rodee, difícilmente sea un aporte real.






