Lo ocurrido en Maitencillo no es solo una escena indignante: es la expresión de una peligrosa confusión entre molestia y derecho.

En Chile, la fauna silvestre —incluidas las gaviotas— está protegida por la ley. No importa si vive en acantilados o sobre edificios. No importa si es abundante o ruidosa. Nadie puede destruir nidos, lanzar crías ni causar sufrimiento deliberado a un animal.

El Código Penal sanciona el maltrato animal, y la Ley de Caza prohíbe expresamente la destrucción de nidos y la muerte de ejemplares protegidos. Aquí no hay vacío legal. Hay responsabilidad penal.

¿Existen problemas de convivencia urbana con aves? Sí.

¿Existen soluciones legales? También.

Disuasión acústica, barreras físicas, planificación arquitectónica y manejo autorizado. Todo menos la violencia.

Cuando una persona lanza polluelos al vacío no está "resolviendo un problema": está cometiendo un delito.

Y cuando la sociedad normaliza estos actos, se erosiona algo más profundo: el respeto por la vida y por el Estado de Derecho.

La ley protege a quienes no pueden defenderse.

Y eso incluye, también, a la fauna silvestre.