Gabriel Boric habló de "farmear aura". La expresión, tomada del lenguaje de los jóvenes y de las redes sociales, alude más o menos a acumular prestigio, carisma, aprobación: hacer cosas que aumentan ese intangible que hace que alguien sea percibido como auténtico, admirable o simplemente cool.
Boric utilizó la expresión para decir algo que, en principio, comparto. Quienes vamos envejeciendo debemos aceptar que muchas veces ya no comprendemos completamente los códigos de niños y jóvenes. Hay que escucharlos, permitirles ser protagonistas y volver a poner las infancias y su protección en el centro de nuestras preocupaciones.
Hasta ahí, bien.
Pero precisamente porque quien lo dice acaba de ejercer durante cuatro años la Presidencia de la República, la reflexión merece una segunda mirada.
Kant distinguía entre actuar conforme al deber y actuar por deber. Podemos ayudar a una persona necesitada y producir indudablemente un bien, pero todavía cabe preguntarnos por qué lo hacemos: ¿por ella o también por la satisfacción de sentirnos buenos haciéndolo? El resultado puede ser valioso en ambos casos; lo que cambia es el valor moral que atribuimos a la motivación.
Algo parecido ocurre con la política.
No sería justo afirmar que durante el Gobierno de Boric nada se hizo por las infancias. Hubo avances institucionales y políticas dirigidas a niños y adolescentes. Pero también quedaron brechas importantes en pobreza, violencia, protección y, significativamente, en aquello que ahora reivindica: su participación efectiva en las decisiones que los afectan.
Por eso resulta legítimo preguntar: ¿cuánto escuchamos a los jóvenes cuando escuchar significaba gobernar?
La pregunta adquiere mayor importancia cuando el expresidente comienza una nueva etapa política. Hablar el lenguaje de los jóvenes, reconocer que los adultos ya no comprendemos del todo sus códigos y decirles que deben recuperar protagonismo puede ser una convicción genuina. Pero también produce un efecto político evidente: genera identificación, cercanía y pertenencia.
No es necesario decir "voten por nosotros". Las promesas políticas más eficaces muchas veces ni siquiera se pronuncian. Basta sembrar la sensación de que aquí hay alguien que los comprende, que habla su idioma y que les ofrece un lugar en un proyecto futuro.
Eso no demuestra oportunismo. Pero permite, al menos, sospechar de él.
Porque existe una diferencia entre escuchar a las nuevas generaciones y descubrir, después de abandonar el poder, que esas nuevas generaciones serán también los electores del mañana.
Quizás ahí esté la ironía de toda esta historia. Boric quiso explicarnos qué significa "farmear aura" y terminó entregándonos una magnífica metáfora para analizar su propia intervención.
Farmear aura es acumular pequeñas dosis de prestigio, identificación y simpatía.
En política, esas pequeñas dosis tienen otro nombre: capital político.
Y cuando se siembran hoy pensando —consciente o inconscientemente— en quienes decidirán mañana, la pregunta kantiana sigue siendo incómodamente pertinente:
¿lo hacemos por ellos o también por lo que esperamos recibir de ellos?






